La violencia criminal continúa golpeando a Haití pese al despliegue de una nueva fuerza internacional respaldada por Naciones Unidas. Los enfrentamientos entre grupos armados dejaron cientos de muertos en Cité Soleil y decenas de víctimas de violencia sexual, mientras el balance acumulado de 2026 ya supera los 2.300 fallecidos y el número de desplazados se acerca a 1,5 millones.
La violencia criminal continúa golpeando a Haití pese al despliegue de una nueva fuerza internacional respaldada por Naciones Unidas. Los enfrentamientos entre grupos armados dejaron cientos de muertos en Cité Soleil y decenas de víctimas de violencia sexual, mientras el balance acumulado de 2026 ya supera los 2.300 fallecidos y el número de desplazados se acerca a 1,5 millones.
Haití continúa sumido en una de las crisis de seguridad y derechos humanos más graves de su historia reciente. Lo que comenzó como una disputa por el control territorial entre organizaciones criminales se transformó en una emergencia nacional que mantiene a millones de personas alejadas de sus hogares y ha dejado al Estado con enormes dificultades para recuperar el control de amplias zonas del país.
Uno de los episodios más graves se produjo en Cité Soleil, una de las zonas más vulnerables de Puerto Príncipe, donde los enfrentamientos entre grupos armados provocaron cientos de muertos, heridos y desplazados.
Las Naciones Unidas documentaron allí 542 asesinatos y 355 heridos, además de 176 casos de violencia sexual contra mujeres y niñas. La cifra, sin embargo, podría ser mayor debido al temor de las víctimas a denunciar y a las dificultades para acceder a las zonas controladas por las pandillas.
Mujeres y niñas, víctimas de una violencia utilizada como castigo
La violencia sexual adquirió una dimensión particularmente brutal.
Los investigadores de Naciones Unidas detectaron numerosos casos de violaciones colectivas y señalaron que las agresiones fueron utilizadas en algunos sectores como una forma de castigo contra mujeres y niñas que vivían en territorios considerados enemigos por las bandas rivales.
Las víctimas no solo enfrentan las consecuencias físicas y psicológicas de las agresiones. También deben soportar el estigma social y, en muchos casos, el temor de denunciar a sus agresores.
La propia ONU advierte que los registros disponibles representan apenas una parte del problema, debido a la imposibilidad de acceder a determinadas zonas y al miedo que existe entre las víctimas.
Una crisis que ya desbordó Puerto Príncipe
El problema tampoco permanece limitado a la capital.
Un informe de la Oficina Integrada de Naciones Unidas en Haití indicó que al menos 1.642 personas fueron asesinadas durante el primer trimestre de 2026 y otras 745 resultaron heridas. La organización advirtió además que la violencia se extendió hacia departamentos como Artibonite y Centre.
Otro informe de Naciones Unidas sobre el período comprendido entre marzo de 2025 y enero de 2026 contabilizó 5.519 personas asesinadas y 2.608 heridas en distintos episodios de violencia en el país. El documento describió además una expansión territorial de las organizaciones armadas hacia las afueras de Puerto Príncipe y otras regiones.
La consecuencia humanitaria es enorme.
En julio, Naciones Unidas estimaba que casi 1,5 millones de haitianos habían sido desplazados de sus hogares como consecuencia de la violencia, mientras más de la mitad de la población necesitaba algún tipo de asistencia humanitaria.
Las pandillas controlan las rutas y desafían al Estado
Las organizaciones criminales no solo disputan barrios.
Su poder se extiende sobre carreteras, puertos, hospitales y otras infraestructuras esenciales. Los grupos armados utilizan puestos de control para extorsionar a comerciantes y transportistas y restringen el movimiento de la población.
La situación también golpeó severamente la actividad económica y el acceso a servicios básicos, agravando una pobreza que ya era extrema antes de la actual escalada de violencia.
El asesinato del presidente Jovenel Moïse, en julio de 2021, marcó un punto de inflexión para el país. Desde entonces, Haití quedó atrapado en una prolongada crisis institucional y de seguridad.
Una nueva fuerza internacional intenta cambiar el escenario
Ante la incapacidad de las fuerzas haitianas para contener por sí solas a las organizaciones criminales, la comunidad internacional puso en marcha una nueva estrategia.
La Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF), respaldada por Naciones Unidas, prevé alcanzar unos 5.500 efectivos y tiene un mandato más amplio que la misión multinacional anterior, incluida la posibilidad de realizar operaciones contra las estructuras criminales.
Chad anunció el envío de 1.500 soldados y un primer contingente de 400 efectivos ya llegó al país. La misión busca reforzar a la Policía Nacional Haitiana y recuperar corredores estratégicos, infraestructura y territorios bajo control de las pandillas.
Pero el desafío es enorme.
Los grupos armados han demostrado capacidad para adaptarse a las operaciones de seguridad, desplazarse hacia nuevas zonas y mantener bajo presión a una población prácticamente indefensa.
Elecciones en medio de una crisis sin precedentes
Haití también enfrenta un desafío político.
El país no tiene presidente desde el asesinato de Moïse en 2021 y permanece bajo un gobierno encabezado por un primer ministro designado. Las autoridades y la comunidad internacional intentan avanzar hacia elecciones nacionales, pero la seguridad continúa siendo el principal obstáculo.
El problema es evidente: buena parte de las zonas donde deberían registrarse votantes permanece afectada por la violencia y el desplazamiento.
Así, Haití enfrenta simultáneamente tres crisis: una emergencia humanitaria, una guerra territorial entre organizaciones criminales y una profunda fragilidad institucional.
La llegada de la nueva fuerza internacional abre una posibilidad de recuperar parte del control perdido, pero Naciones Unidas advierte que los grupos armados probablemente adaptarán sus estrategias para conservar su poder.
Mientras tanto, millones de haitianos siguen esperando algo que durante años parece cada vez más difícil de alcanzar: poder vivir, trabajar y regresar a sus hogares sin miedo.